La formación tradicional de conductores, tal y como la entendemos actualmente, está basada principalmente en el manejo de todos y cada uno de los mando de conducción de un vehículo automóvil en atención al cumplimiento estricto de la normativa actual. Actualmente las pruebas de calificación para la obtención de un permiso de conducción, establecido normativamente y bajo la gestión de la Dirección General de Tráfico, impide que el aspirante pueda utilizar cualquier tipo de ayuda a la conducción, aunque estas ayudas electrónicas ya están incluidas en la mayoría de los vehículos actuales considerados como vehículos de conducción autónoma de nivel 1, como el control de crucero, sensores de aproximación, detectores de cambio involuntario de carril, etc.

Con la incorporación al mercado de vehículos de conducción autónoma de niveles 2 y 3 (aquellos que pueden gestionar de manera autónoma, entre otras,  la aceleración, la frenada o la dirección; y aquellos que disponen de una conducción prácticamente autónoma con limitaciones, en las que el conductor será exclusivamente responsable en intervenir en caso de fallo o error del sistema, respectivamente), la formación de conductores debería convertirse en una oportunidad para los profesores de formación vial y las escuelas de conductores que les permitiría dar un salto de calidad en la formación y convertirse así en auténticos instructores de maquinas capaces de realizar parte de la circulación de manera autónoma.

De esta forma se deberían formar conductores capaces de manejar un vehículo cumpliendo las normas a la vez que son capaces de programar las tareas de conducción autónoma. Pero lo más importante, desde el punto vista formativo, será la parte en la que un alumno deba ser formado y pueda demostrar que es capaz de poder intervenir ante cualquier imprevisto que no pueda ser controlado a través de las ayudas electrónicas sobre la conducción autónoma de que disponga.

Es evidente que para poder pensar en este tipo de formación basado en un escenario en el que los profesores de formación vial puedan ser auténticos instructores en el manejo, programación e intervención de vehículos con niveles de autonomía elevados, la administración encargada de la regulación de la formación de conductores y profesores deberá pensar en cambiar gran parte de los criterios de formación y calificación a la vez que permite y regula la utilización de este tipo de vehículos en la realización de las pruebas de examen.

La adaptación progresiva de profesionalidad en la formación sobre la conducción de vehículos autónomos de niveles 2 y 3, daría las futuras claves en el desarrollo de criterios formativos para crear las aptitudes necesarias en los futuros conductores para la utilización segura de vehículos autónomos de clases 4 y 5.

En definitiva, la implantación progresiva de la conducción autónoma, más allá de poder ser considerado como un obstáculo para los profesores de formación vial y los centros de formación, puede ser una gran oportunidad de progreso en el futuro de la formación de conductores.

Arturo Narrillos Jiménez, profesor de Formación Vial